miércoles, 28 de diciembre de 2011

Creciendo...

Su mamá y su papá habían hecho sus apuestas por un matrimonio y según ella, habían perdido. Quedaron atorados en una maraña de peleas, desacuerdos, ofensas, deslealtades, para finalmente pasar de ser una pareja de enamorados llenos de sueños y planes, a una pareja de enemigos que no podían siquiera estar en paz el tiempo necesario para discutir acerca de el bienestar de su única  hija.
Fué una infancia de quererlos a los dos y tratar de defenderlos de los mutuos ataques, escuchar como cada uno de ellos responsabilizaba al otro de lo sucedido con su relación y de sentirse comparada a cada momento.
"Eres igual a él", decia ella. 
"Pero como te pareces a ella", decia él.

Llega la adolescencia y  el despertar de una mujer con anhelos, pasiones y ganas de vivir historias inéditas. Un embarazo no deseado y tomar en soledad la decisión de interrumpirlo. Luego llevar a cuestas una culpa que lacera el alma y un saber que no puede decírselo a su madre sin que caiga sobre ella el rigor de la condena.
El momento de salir de casa rumbo a la universidad en una ciudad lejana para estudiar lo que desde niña deseó. El dolor de la separación y al mismo tiempo la alegría de la distancia.
Reclamos por llamadas no contestadas, por teléfonos apagados, por la brevedad de las comunicaciones, por preferir a las amigas, por el desagradecimiento, en fin, nada de lo que hiciera podía satisfacer a su madre que no cesaba de repetirle como se había sacrificado y como seguía haciéndolo para que ella pudiera estar allí donde estaba.
Iniciar un   noviazgo, conocer a la madre de él y que él conociera  a la suya. Invitarlo en vacaciones a su casa para escuchar el día de decir adiós, como ella emitía su sentencia: "igualito a tu papá".
Concluir que si él era igual a su padre, entonces ella lo era a su madre y la relación entonces tendría el mismo destino. Una voz interior empezo a dejarse escuchar, repitiéndole anta cada inconveniente, que ella no podía perder, que ella si podía tener una pareja, que ella no se iba a dar por vencida. En ese ambiente mental dejó de escuchar las alarmas que se encendían de tanto en tanto como testigos de los baches que se estaban abriendo en la relación con su pareja. 
Pasaron los años, cuatro en total en medio de una tensión que se le volvió parte de su paisaje emocional, celos y posesividad, ansiedad permanente y un mal genio que pintaba con su negro intenso todo lo que tocaba, como un Midas implacable. Además una alergia respiratoria que la esperaba cada mañana al salir de la cama y la acompañaba hasta el momento de la ducha.  
Deseos de dejarlo y terminar con ese malestar se imponían cada vez pero en cuanto se disponía a iniciar el fin de nuevo la parte de ella, que le exigía seguir aun a costa de un alto precio, le recordaba que abandonar la relación era perder como había perdido su madre y ella definitivamente no estaba dispuesta a eso.
Pero entonces cuando menos lo espera es el chico quien da el paso y le dice que ya no quiere seguir. Se desencadena una tormenta que arrecia desde adentro de su ser durante 15 días. Llanto incontrolable, imposibilidad para comer, desespero, furia. Los amigos se van acercando solidarios y escuchan sus lamentos para decirle al final que no ven lo que ella ve. Se inician largas conversaciones donde va dándose cuenta de lo que presentía muy adentro. No estaba bien con él, había dejado de ser la chica alegre, bonita y entusiasta que había llegado a la universidad y se había ido transformando en una persona uraña, irritable y que no daba un paso sin él. La luz empezó a encenderse a medida que la tormenta fue amainando y todo fue muy claro para ella. Había continuado en una relación no satisfactoria para no seguir los pasos de su madre y sobre todo para no parecerse a ella.
El cabello volvió a brillar, la alergia y la irritabilidad desaparecieron, los amigos y amigas tuvieron de nuevo un lugar y volvió a escuchar piropos acerca de su belleza.
Se sienta frente a mí, radiante, feliz y hace en 30 minutos un resumen preciso y centrado de los últimos 4 años de su vida y de lo bien que se siente ahora 4 meses después de un final que conscientemente no buscó pero que tuvo que asumir pues no tuvo opción.
Ahora ve todo en perspectiva dándose cuenta de lo mucho que logró, agradece lo vivido y es consciente de la pelea que se desarrolla dentro de ella. Logra mayor tranquilidad con su madre y ya no lucha por ser diferente a ella, puede observarla, conocerla más, amarla como es pero eso si, manteniendo una distancia que ahora entiende saludable.
Sonríe, se levanta, me da un abrazo y me agradece por escucharla, cuando soy yo quien debe agradecerle -y lo hago- por haberme permitido acompañarla de cerca en este proceso de hermosa transformación.
No se va sin mis agujitas, como ella les dice, y sale erguida, escucho su voz despidiéndose con amabilidad de  quienes están en la sala de espera.
En el silencio que se adueña de mi consultorio entre un paciente y el siguiente, llega a mi mente la niña que conocí, sus miedos, sus lagrimas, sus confidencias, sus angustias y ahora una sonrisa se extiende por mi rostro pensando en  la hermosa mujer en que se está convirtiendo.
  

martes, 20 de diciembre de 2011

Aire libre...

Lo conocí un día lluvioso, muy lluvioso. La madre quería otra opción para atender sus permanentes síntomas respiratorios. Ojos grandes, oscuros y profundos, enmarcados por unas  largas y onduladas pestañas negras. Cuatro años viviendo en el planeta, dos de ellos transcurridos  en consultas de urgencia, medicamentos para tomar y otros más para inhalar. Sus pulmones no paran de hablar lenguajes de moco, espasmos, anhelos de aire que no llega con libertad. La tos se convirtió en su compañera de juegos y sueños nocturnos, la nariz ya no recuerda que es estar despejada. Jugar con la arena ya en la playa, ya en el jardín infantil es un imposible, el polvo no es tolerado, ni la harina en la cocina.  Hace poco llego a su hogar un nuevo y muy pequeño miembro y la familia no le permite acercarse para que no vaya a enfermar al bebé. Desde entonces los síntomas no dan tregua y ningún medicamento parece funcionar. Su temperamento cambió y ya no encuentran sus padres la forma de contenerlo. Los enfrenta y no muestra temor. Los golpes paternos buscando disciplinar se volvieron habituales y de sus ojos no brota ni una lágrima. Pide que regalen al nuevo niño de la casa, que no quiere que esté allí.
Nos acercamos, lo saludo y lo invito a seguir. Se nota aprehensión y temor en su forma de mirar y de moverse. Mira hacia todos los lados y se asegura de estar bien lejos de la camilla. Escudriña a su alrededor y me mira intrigado. Le digo que la mami me va a contar él como está para ver yo, como le puedo ayudar. Interrumpe frecuentemente el relato que la madre empieza y eso la impacienta  exigiéndole guardar silencio y estarse quieto en la silla. Algo imposible para un cuerpecito y una mente de 4 años.
Quiero un juguete, me dice. Le presto un carrito para jugar y entonces transforma mi escritorio en su pista. Otro nuevo regaño y amonestación para no molestar con sus juegos. Abandona el carro y va a la camilla, quiere subirse a ella y luego bajarse. Coge la jeringa que uso para la Terapia Neural y pregunta: ¿que es?. La madre esta cada vez más tensa y lo coge de la mano, lo sienta de  nuevo en su lugar y le dice que se quede callado, que si no le da pena conmigo. Él me mira y dice: no. Ella le dice que tiene que obedecer, él la mira  a ella y le dice: no.
Intervengo, lo invito a abrir la puerta y pasear por la casa y que cuando la mami me termine de contar vamos al área de terapia y le explico cada cosa que es y como se usa. Le suena el trato porque sale tranquilo y cuando lo llamo para examinarlo regresa serenamente. Teme acostarse y encontramos la forma de hacer lo que debo sin que él se asuste. Le presto el fonendoscopio y se queda absorto escuchando los sonidos de su corazón.
Aprovecho y le digo a la madre que siento que su hermoso hijo necesita "aire libre" para respirar. Libre de tantos "noes", libre de golpes, gritos y regaños. Un aire en el que pueda respirar  libertad para preguntar, para explorar, para experimentar, para expresarse.
La invito a jugar más y a regañar menos, a dar más cariño y menos restricción. Le hago notar como cuando lo escuché, respondí sus preguntas y lo acompañé a hacer lo que me pedía,  de estar retraído y asustado, pasó a abrirse, a colaborar con la consulta animado y tranquilo.
Creo que en ocasiones, más de las que me gustaría en realidad, los adultos dejamos de ver a los niños y solo pensamos en lo que se supone que deberían hacer y lo que no y entonces los asfixiamos, los acorralamos y finalmente los partimos como a una ramita verde y tierna que está creciendo a su ritmo y a su propio paso sin saber nada de lo que está bien o no.
Soltarnos mas seguido el pelo, reír a carcajadas, tirarnos al suelo para jugar y sencillamente dejarnos guiar por esos seres luminosos y poderosos que son los niños, es algo que nos vendría a todos muy bien como antídoto para la rigidez y el anquilosamiento.
Los niños que me han visitado y me han permitido acercarme a ellos, eso me han dejado como regalo y cuando puedo ayudar a sus padres a verlos más y a adoctrinarlos menos, la enfermedad deja de ser la protagonista de la historia.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Sin certezas...

Llega un momento como éste en el que dudo de todo en lo que he creído hasta ahora. He recorrido ya 19 años y 6 meses de caminos alternativos en Medicina. Muchas personas me han permitido acompañarlas en sus procesos de salud y enfermedad, niños que ahora son adultos, mujeres que ahora son madres, parejas que se formaron, otras que se dijeron adiós, hijos e hijas que parten a forjar destino, rostros que no volveré a ver y abrazos que no volveré a sentir pues la muerte ha invitado al viaje último a algunos de ellos.
Los primeros años busqué con desespero y con mucho sufrimiento, la dieta ideal, la terapia perfecta que los librara y a mi del deterioro del cuerpo y la mente. Fuí estricta, mucho, con ellos y conmigo. Días enteros sin comer mas que un tipo de fruta, limpiezas intestinales y purgas para el hígado, agujas diminutas en canales de energía heredados de  Oriente, gotas o glóbulos de lactosa transportando juiciosos códigos de información homeopatica, estímulos cerebrales con ondas particulares, minerales y vitaminas corriendo por la sangre...en fin, muchos intentos, muchos sueños y esfuerzos de ellos y ellas y también míos. El balance a hoy es que siento que como escribió alguna vez la Madre Teresa de Calcuta, la vida es un deber que debo cumplir. Por eso cada día, ya sin certezas, recorro la distancia de mi casa al consultorio y espero a cada paciente con la firme intención de ayudarle y así cumplir mi papel en este enorme drama universal. Ya no busco la dieta ideal o la terapia perfecta. Me he enamorado de la aguja de Terapia Neural que  transporta a la Procaína para que viaje por nuestro sistema nervioso. Ella me acompaña en tanto escucho, en tanto palpo y siento cada parte del cuerpo que se expresa, que cuenta la historia de ese ser que lucha, que sigue, que lo intenta, que trata de escuchar lo que su enfermedad tiene para contarle. Y aunque cada vez dudo más  de lo que he aprendido, de lo que leo, de lo que pienso y creo cierto, me queda un lugarcito en mi interior donde habita la esperanza.
Si, esperanza de que todo sucede por una razón, de que las cosas están bien así como están y de que estoy inmersa en un perfecto Orden que mi cerebro, educado para pensar linealmente, no alcanza a entender. Entonces, aunque Lucero no sepa y no entienda, continúo  al lado del paciente, estando allí y siendo parte, como solía decir el Dr. Payán, propietario del dedo que me señaló el camino de la Terapia Neural.

Valió la pena.

Las luces de Navidad que me acompañan desde varios lugares de mi casa, titilan mientras escribo,  cumpliendo esta cita conmigo misma.
Una personita preciosa que lleva 7 años viviendo a mi lado, dejándose acompañar y guiar por mí, acaba de llegar y su carita se asoma a la pantalla del computador con esa curiosidad que siempre lo mantiene en movimiento tanto en su cuerpo como en su inquieta mente.
Amé profundamente a mi padre, pero fue un amor frustrado pues sus asuntos sin resolver lo llevaron de un lugar a otro y no pudo compartir conmigo mas que un trozito de mi infancia. Después un hombre conquisto mi corazón y uní mi camino al suyo hace ya 21 años creyendo  haber sentido por él todo lo que un corazón humano puede sentir. Pero ahora que el personajito mencionado revolotea a mi alrededor  tratando de leer en voz alta lo que voy escribiendo, mientras además, se pone su piyama, alista su cepillo de dientes y prepara su uniforme para la jornada escolar de mañana; ahora, apenas ahora, me doy cuenta lo que significa la palabra amor. Una abuelita me dijo una tarde durante su consulta, mientras este angelito estaba creciendo en mi útero, que cuando nos hacíamos madres el corazón nos quedaba para siempre por fuera del pecho. Entonces no lo entendí. Lo comprendí algunos meses después cuando el salió de mi cuerpo y tomó su primera porción de aire con sus propios pulmones.
Fué como si todo el mundo conocido desapareciera antes mis ojos en la medida en que mi hijo empezó a definir sus ritmos y necesidades. Lo que consideraba más importante, lo que más me gustaba hacer, los planes y proyectos, la forma en que pasaba mi tiempo libre, las horas dedicadas a la consulta médica, la relación con mi pareja...todo tuvo que ser repensado y tuvo que ser reorganizado con la premisa de que la prioridad era cumplir a cabalidad el rol de madre.
Ya no más noches de sueño profundo y continuo, ya no más privacidad para ir al baño, ya no más  ropa limpia al salir, mi bolso se transformó en pañalera y después en morral donde llevar todo lo necesario. Pasar largos ratos frente a una tapa de alcantarilla mientras sus manitos introducían toda suerte de objetos callejeros por la ranura, subir y bajar una y otra vez por una rampa del andén, coleccionar piedras, ramas y hojas secas. Sentarse en un muro de antejardín a ver a los chicos grandes del barrio hacer piruetas en sus bicicletas y sorprenderme de ver la mirada absorta y concienzuda de ese bebé de apenas unos meses que se reía con estrépito ante cada cabriola de los caballitos de acero.
Acompañarlo a sus primeros días de jardín infantil y ser testigo de como poco a poco su mundo se iba ampliando y ya podía estar bien sin mí a su lado todo el tiempo.
Paciencia, autocontrol, tolerancia, fuerza física, templanza, esperanza, fe, tantas cosas necesarias para acompañar a un ser a crecer y lo más fascinante poder ver como he debido re-hacerme, re-crearme una y otra vez para ir a su paso y no volverme un obstáculo en su proceso de volar solo en su propio cielo.
Celebro hoy la invitación que le hice un día para que viniera a visitarnos y puedo decir después de estos 7 años vividos con el corazón pegado por fuera de mi pecho que: ha valido la pena.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Siete de diciembre

Esperábamos todo el año que llegara el siete. Todo estaba listo. Las bombas de caucho pequeñas y delgadas para ser llenadas con agua, el balde para guardar las "municiones", la llave escogida-después de probar todas las de la casa- por que la boca de la bomba se ajustaba bien a ella y no había fugas de agua y sobre todo las ganas enormes de jugar que nos permitían el aguantar por largo tiempo estar parados frente al grifo, ajustando una y otra vez el caucho de la bomba a la llave y haciendo nudos sin fin hasta que las ampollas en la piel de los dedos nos obligaban a aceptar o a pedir el relevo de la función.
Listo el botín solo restaba esperar que cayera la noche y así con las sombras el ambiente era propicio para salir a la calle, a esconderse en las esquinas, en los muros de los jardines atalayando al amigo o la amiga que salia con las mismas intenciones. El encuentro era inevitable y ansiosamente esperado, el corazón a millón y la mano firme pero suavemente cerrada alrededor de la bomba lista a ser lanzada. La primera  surcaba el aire y empezaban los estallidos de agua y la lluvia de colores de los trozos del caucho que volaban por todas partes una vez la bomba encontraba un blanco contra el que reventarse. Bien podía ser una espalda, una cabeza o el muro de la casa del vecino que era testigo mudo, pero húmedo, de la "guerra de agua" como orgullosamente la llamábamos.
Era posible que el jefe del clan sacara su carro y las municiones y los valientes lanzadores subiéramos en tropel a la parte de atrás del Willys verde de esos días. Recorrer las calles más transitadas y pescar al incauto-que se paseaba "seco" en plena noche de  bombas- para hacer caer sobre él, una avalancha de chorreantes proyectiles de colores. De vez en cuando recibíamos como contra-ataque un chorro enorme y frío  salido de mangueras que los habitantes de altos apartamentos apuntaban a nuestra unidad móvil de bombas de agua. O también y notamos que cada año aumentaba la proporción, recibíamos un ataque nada húmedo pero si muy largo de insultos.
Así poco a poco, la intolerancia se fue colando en nuestras batallas campales y según mis recuerdos de la época, las autoridades civiles determinaron que se prohibía, sin derecho a apelación, el uso de bombas de agua el Siete de diciembre.
Entonces, resignados, seguimos llenándolas para practicar la puntería entre nosotros, hasta que finalmente, llego un año en que sin dejar de extrañarlas, las cambiamos por las velitas, también de colores, que la abuelita ponía pacientemente sobre una de las tablas de la cama que se sacaba para esa noche y vigilaba toda la noche sentada en una silla en el portal de la casa.

martes, 6 de diciembre de 2011

Depende del lente con el que miremos.

Llegó hoy a la consulta desesperada por una sensación de contracción permanente en su cuello y hombros que se acompaña con frecuencia, más de la que ella desearía, por un calor que recorre sus músculos y parece quemarla.
Buscamos juntas en el pasado: caídas, golpes, heridas, algo que nos diera una luz acerca de la tensión expresada.
Al preguntar con interés de saber y al dar espacio para responder, llegan los recuerdos, las asociaciones, yo siento que la sabiduría que todos y todas llevamos dentro se pone de pie y nos cuenta de lo que sabe. Fue así mientras hablamos o para ser más precisa, mientras yo escuchaba, que ella sintió la necesidad de hablar de dos eventos difíciles vividos en el transcurso de 15 días. El primero se trataba del encuentro con dos varones jóvenes que se desplazaban en una motocicleta y arrebataron de su hombro un bolso que contenía el dinero de un préstamo que su hija había hecho para iniciar un negocio familiar. Hubo forcejeo por la angustia de no dejarse quitar el dinero que su hija igual tendría que pagar sin usarlo y en este caso sin tan siquiera verlo. El bolso le es arrancado y la inercia la lleva hacia atrás cayendo al pavimento y recibiendo un fuerte golpe en su cabeza. Miedo, angustia, rabia, impotencia, vergüenza, sensaciones varias se mezclaron afectando su estado general. Después de varios de días de llanto y temor de salir a la calle, fue superando el hecho y retornó a su vida cotidiana.
A los pocos días una hermana que tiene un negocio particular de venta de mercancía le pide la acompañe a la ciudad de Bogotá  para comprar lo que planea vender en la época decembrina.
Van juntas al terminal de transportes de la ciudad y compran sus pasajes para el bus que sale en la noche para así poder dormir durante el viaje y llegar en la mañana a  recorrer el comercio buscando lo que planeaban.
Dos horas después de salir de la terminal, tres jóvenes empiezan a fumar lo que a ella le pareció marihuana y el conductor les pide el favor de abstenerse. A los pocos minutos se levantan de sus lugares y con arma en mano obligan a los pasajeros del bus que iba con cupo lleno, a entregar sus pertenencias. Ella con disimulo saca la contraseña de su documento de identidad, su teléfono celular y parte del dinero que llevaba, escondiéndolos bajo sus muslos. Su hermana queda paralizada y entrega su bolso con todo el dinero que pensaba invertir en la mercancía.
Gritos, llanto, agresividad y miedo se respiran en el corredor del bus hasta que los asaltantes deciden abandonarlo y se quedan en algún lugar de la oscura carretera. Ellas llegan a Bogotá a la mañana siguiente, sin ropa, con poco dinero y con una gran sensación de vulnerabilidad.
Desde entonces no está bien, no ha podido dejar de sentir miedo, cada motocicleta que escucha la sobresalta sintiendo que va a ser atacada y le cuesta mucho trabajo salir sin compañía a transitar las calles.
Al terminar el relato quedaban flotando en el aire del consultorio dos posibilidades: la primera consistía en lamentarnos de la inseguridad de nuestro país y de lo desvalidos que nos encontramos los ciudadanos comunes y la segunda elevarnos por encima de lo común, de lo que es habitual pensar y más bien creer que hay un orden que mantiene al Universo y que siempre hay un propósito.
Al mencionar la segunda posibilidad, el rostro de la paciente salió del desespero y el llanto en el que se había sumido al recordar lo sucedido, levantó la mirada y creí ver un destello de esperanza en esos ojos.
Hablamos de ver las mismas cosas pero desde un ángulo diferente, por ejemplo, tratar por un instante de ponernos en los zapatos de los asaltantes  e imaginarnos como habrá sido su niñez, si alguien los habrá amado, que opciones tuvieron de elegir caminos diferentes, como será su vida en general. Y al hacer el ejercicio descubrir que son humanos como ella y como yo y que de pronto -¿porqué no?- se citaron con ella para poder recibir una oración que lleve luz a sus corazones y poder tomar otras decisiones.
Ella se fue calmando cada vez mas  y su mirada de miedo se disipó.
El 7 de Diciembre en la ciudad en la que vivimos, se celebra el alumbrado para la virgen, se prenden velitas y se ponen faroles en los andenes, antejardines, ventanas y umbrales en casi todas las casas.
 Entonces, hicimos un acuerdo, mañana 7 de Diciembre ella y yo vamos a prender 5 velitas ( una por cada uno de los jóvenes que la robaron) y a desear que el amor y la luz inunden esos 5 corazones humanos.
Terminó la consulta, un abrazo le dio punto final al encuentro y una mujer salió con una sonrisa y una esperanza, a recorrer sola las calles de nuestra hermosa ciudad.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Darme cuenta

Decidí abrir este espacio como una forma de  obligarme a invertir  un tiempo para escribir...hay un deseo temprano de transmitir mensajes desde mi ahora a esa Lucero que estoy siendo en el futuro y que seré en el pasado, por aquello de que me gusta creer, me llena de esperanza, que el tiempo no es lineal sino que se mueve en forma espiralada y entonces  el futuro puede estar atrás y  el pasado adelante, ¿por qué no?
Siento que cuando escribo hago contacto con Quien soy en serio y puedo a través del tiempo de reflexión e introspección que me regala el acto de escribir, darme cuenta de mí, de forma cada vez mas nítida, mas parecida a la realidad.
Mi día transcurre especialmente escuchando  a los demás y decidiendo ser ayuda para ellos y ellas. Los y las pacientes que buscan un apoyo, una guía, un alivio o sencillamente quien les escuche sin juzgarlos. Diecinueve años de ejercer medicina y de recorrer los caminos de lo alternativo me han ido dejando posibilidades de mirar, de comparar, de intuir. Conocer la historia de vida de una persona y con los años ver como sus pensamientos, sus creencias, sus acciones y decisiones van forjando su destino en todos los aspectos. Ver como ciertos tipos de personalidad suelen enfermarse de formas similares y cómo un esfuerzo por reflexionar acerca de una situación le permite al Ser trascender un dolor aun del cuerpo.
Conocer acerca de los sueños, de los miedos, de los odios y amores, de los planes, de las opiniones y de los cambios que los seres humanos vamos creando en la medida que recorremos nuestro caminos.
Abrí hoy este espacio para mi propia reflexión, para revisar mis cajones y conservar lo que me sirve y dejar ir lo que ya no, para mirarme a través de los espejos que cada día me visitan en mi consultorio y se sientan frente a mi con sus dolores, sus preguntas, sus incertidumbres y con las consecuencias de sus decisiones.
Espero re-hacerme cada día con lo aprendido en la cotidianidad de quien he decido ser hasta ahora y pensé: "de pronto del vino que destilo para mí, otros puedan beber y animarse a mirar hacia adentro para darse cuenta...solo para eso y más, mucho más..."