Nos acercamos, lo saludo y lo invito a seguir. Se nota aprehensión y temor en su forma de mirar y de moverse. Mira hacia todos los lados y se asegura de estar bien lejos de la camilla. Escudriña a su alrededor y me mira intrigado. Le digo que la mami me va a contar él como está para ver yo, como le puedo ayudar. Interrumpe frecuentemente el relato que la madre empieza y eso la impacienta exigiéndole guardar silencio y estarse quieto en la silla. Algo imposible para un cuerpecito y una mente de 4 años.
Quiero un juguete, me dice. Le presto un carrito para jugar y entonces transforma mi escritorio en su pista. Otro nuevo regaño y amonestación para no molestar con sus juegos. Abandona el carro y va a la camilla, quiere subirse a ella y luego bajarse. Coge la jeringa que uso para la Terapia Neural y pregunta: ¿que es?. La madre esta cada vez más tensa y lo coge de la mano, lo sienta de nuevo en su lugar y le dice que se quede callado, que si no le da pena conmigo. Él me mira y dice: no. Ella le dice que tiene que obedecer, él la mira a ella y le dice: no.
Intervengo, lo invito a abrir la puerta y pasear por la casa y que cuando la mami me termine de contar vamos al área de terapia y le explico cada cosa que es y como se usa. Le suena el trato porque sale tranquilo y cuando lo llamo para examinarlo regresa serenamente. Teme acostarse y encontramos la forma de hacer lo que debo sin que él se asuste. Le presto el fonendoscopio y se queda absorto escuchando los sonidos de su corazón.
Aprovecho y le digo a la madre que siento que su hermoso hijo necesita "aire libre" para respirar. Libre de tantos "noes", libre de golpes, gritos y regaños. Un aire en el que pueda respirar libertad para preguntar, para explorar, para experimentar, para expresarse.
La invito a jugar más y a regañar menos, a dar más cariño y menos restricción. Le hago notar como cuando lo escuché, respondí sus preguntas y lo acompañé a hacer lo que me pedía, de estar retraído y asustado, pasó a abrirse, a colaborar con la consulta animado y tranquilo.
Creo que en ocasiones, más de las que me gustaría en realidad, los adultos dejamos de ver a los niños y solo pensamos en lo que se supone que deberían hacer y lo que no y entonces los asfixiamos, los acorralamos y finalmente los partimos como a una ramita verde y tierna que está creciendo a su ritmo y a su propio paso sin saber nada de lo que está bien o no.
Soltarnos mas seguido el pelo, reír a carcajadas, tirarnos al suelo para jugar y sencillamente dejarnos guiar por esos seres luminosos y poderosos que son los niños, es algo que nos vendría a todos muy bien como antídoto para la rigidez y el anquilosamiento.
Los niños que me han visitado y me han permitido acercarme a ellos, eso me han dejado como regalo y cuando puedo ayudar a sus padres a verlos más y a adoctrinarlos menos, la enfermedad deja de ser la protagonista de la historia.
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