sábado, 10 de diciembre de 2011

Valió la pena.

Las luces de Navidad que me acompañan desde varios lugares de mi casa, titilan mientras escribo,  cumpliendo esta cita conmigo misma.
Una personita preciosa que lleva 7 años viviendo a mi lado, dejándose acompañar y guiar por mí, acaba de llegar y su carita se asoma a la pantalla del computador con esa curiosidad que siempre lo mantiene en movimiento tanto en su cuerpo como en su inquieta mente.
Amé profundamente a mi padre, pero fue un amor frustrado pues sus asuntos sin resolver lo llevaron de un lugar a otro y no pudo compartir conmigo mas que un trozito de mi infancia. Después un hombre conquisto mi corazón y uní mi camino al suyo hace ya 21 años creyendo  haber sentido por él todo lo que un corazón humano puede sentir. Pero ahora que el personajito mencionado revolotea a mi alrededor  tratando de leer en voz alta lo que voy escribiendo, mientras además, se pone su piyama, alista su cepillo de dientes y prepara su uniforme para la jornada escolar de mañana; ahora, apenas ahora, me doy cuenta lo que significa la palabra amor. Una abuelita me dijo una tarde durante su consulta, mientras este angelito estaba creciendo en mi útero, que cuando nos hacíamos madres el corazón nos quedaba para siempre por fuera del pecho. Entonces no lo entendí. Lo comprendí algunos meses después cuando el salió de mi cuerpo y tomó su primera porción de aire con sus propios pulmones.
Fué como si todo el mundo conocido desapareciera antes mis ojos en la medida en que mi hijo empezó a definir sus ritmos y necesidades. Lo que consideraba más importante, lo que más me gustaba hacer, los planes y proyectos, la forma en que pasaba mi tiempo libre, las horas dedicadas a la consulta médica, la relación con mi pareja...todo tuvo que ser repensado y tuvo que ser reorganizado con la premisa de que la prioridad era cumplir a cabalidad el rol de madre.
Ya no más noches de sueño profundo y continuo, ya no más privacidad para ir al baño, ya no más  ropa limpia al salir, mi bolso se transformó en pañalera y después en morral donde llevar todo lo necesario. Pasar largos ratos frente a una tapa de alcantarilla mientras sus manitos introducían toda suerte de objetos callejeros por la ranura, subir y bajar una y otra vez por una rampa del andén, coleccionar piedras, ramas y hojas secas. Sentarse en un muro de antejardín a ver a los chicos grandes del barrio hacer piruetas en sus bicicletas y sorprenderme de ver la mirada absorta y concienzuda de ese bebé de apenas unos meses que se reía con estrépito ante cada cabriola de los caballitos de acero.
Acompañarlo a sus primeros días de jardín infantil y ser testigo de como poco a poco su mundo se iba ampliando y ya podía estar bien sin mí a su lado todo el tiempo.
Paciencia, autocontrol, tolerancia, fuerza física, templanza, esperanza, fe, tantas cosas necesarias para acompañar a un ser a crecer y lo más fascinante poder ver como he debido re-hacerme, re-crearme una y otra vez para ir a su paso y no volverme un obstáculo en su proceso de volar solo en su propio cielo.
Celebro hoy la invitación que le hice un día para que viniera a visitarnos y puedo decir después de estos 7 años vividos con el corazón pegado por fuera de mi pecho que: ha valido la pena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario