Esperábamos todo el año que llegara el siete. Todo estaba listo. Las bombas de caucho pequeñas y delgadas para ser llenadas con agua, el balde para guardar las "municiones", la llave escogida-después de probar todas las de la casa- por que la boca de la bomba se ajustaba bien a ella y no había fugas de agua y sobre todo las ganas enormes de jugar que nos permitían el aguantar por largo tiempo estar parados frente al grifo, ajustando una y otra vez el caucho de la bomba a la llave y haciendo nudos sin fin hasta que las ampollas en la piel de los dedos nos obligaban a aceptar o a pedir el relevo de la función.
Listo el botín solo restaba esperar que cayera la noche y así con las sombras el ambiente era propicio para salir a la calle, a esconderse en las esquinas, en los muros de los jardines atalayando al amigo o la amiga que salia con las mismas intenciones. El encuentro era inevitable y ansiosamente esperado, el corazón a millón y la mano firme pero suavemente cerrada alrededor de la bomba lista a ser lanzada. La primera surcaba el aire y empezaban los estallidos de agua y la lluvia de colores de los trozos del caucho que volaban por todas partes una vez la bomba encontraba un blanco contra el que reventarse. Bien podía ser una espalda, una cabeza o el muro de la casa del vecino que era testigo mudo, pero húmedo, de la "guerra de agua" como orgullosamente la llamábamos.
Era posible que el jefe del clan sacara su carro y las municiones y los valientes lanzadores subiéramos en tropel a la parte de atrás del Willys verde de esos días. Recorrer las calles más transitadas y pescar al incauto-que se paseaba "seco" en plena noche de bombas- para hacer caer sobre él, una avalancha de chorreantes proyectiles de colores. De vez en cuando recibíamos como contra-ataque un chorro enorme y frío salido de mangueras que los habitantes de altos apartamentos apuntaban a nuestra unidad móvil de bombas de agua. O también y notamos que cada año aumentaba la proporción, recibíamos un ataque nada húmedo pero si muy largo de insultos.
Así poco a poco, la intolerancia se fue colando en nuestras batallas campales y según mis recuerdos de la época, las autoridades civiles determinaron que se prohibía, sin derecho a apelación, el uso de bombas de agua el Siete de diciembre.
Entonces, resignados, seguimos llenándolas para practicar la puntería entre nosotros, hasta que finalmente, llego un año en que sin dejar de extrañarlas, las cambiamos por las velitas, también de colores, que la abuelita ponía pacientemente sobre una de las tablas de la cama que se sacaba para esa noche y vigilaba toda la noche sentada en una silla en el portal de la casa.
si lees esto, escribeme a estructuracionappproyectos@gmail.com , o llammame al 3053657024 un amigo de 1984 Andres Cisneros
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